
Este cuento lo escribí hace varios años. Demasiados años. En este momento sería incapaz de poner en un papel recuerdos i sensaciones juveniles que me hacen ruborizar interiormente. Digo interiormente, porque, lamentablemente mi epidermis ya no es capaz de canviar de color por mucho que le echen. Por supuesto que la edad opera como cortafuegos en todo lo tocante a euforias sentimentales tan propias de la juventud, si bien, he de confesar, que todavía tengo la capacidad de ruborizarme muy dentro de mi, justo ahí donde mora mi conciencia, siempre ávida de justicia, maltratada desde todos los flancos, agarrada de cualquier esperanza.
CALLE DEL MAR (1ª parte)
Es la calle donde yo nací. Cuando pienso en ella veo la calzada de adoquines convergiendo al fondo con la playa, las paredes de las casas carcomidas por el salitre, los balcones adornados de geranios de todos los colores y, me viene a la memoria, el olor rancio de las botas de vino de la taberna de enfrente de mi casa. Una calle entre tantas de una ciudad de la costa, si no fuera porque las personas que la habitaban, en mis recuerdos, son como las pinceladas diestras que hacen vibrar un cuadro. Así, le dan significado a mis recuerdos, vecinos como la señora Remedios, que cuando apretaba el calor se pasaba las tardes bordando o repasando la ropa, sentada en una silla de enea en la acera, y siempre dispuesta a conversar con toda vecina que la saludase al pasar. La señora Remedios sabía contar historias como nadie. La Pepita, casi una niña, casada con un hombre de posibles que la triplicaba en la edad. O la Tani, bregando en la taberna desde la madrugada, sirviendo barrechas a los marineros hasta las tantas de la noche, soportando a los borrachos que no encontraban la hora de irse a sus casas. O bien, el señor Odon y su familia, un hombre afecto al Régimen, que los dias señalados como la procesión del Corpus o la Virgen del Carmen, vestía un uniforme blanco como los que lucían los procuradores en Cortes en el NO-DO. Su hija Josfina, algo mayor que yo, era la chica más guapa de la calle. Me parecía de una hermosura inasequible. En fin, la familia de los Burros, los Pilotos, los Chumba, y tantos otros de cuyos nombres no me acuerdo, aunque creo que no me sería dificil identificar sus rostros, si algún día me decidiese a pisar de nuevo los adoquines de mi calle, la calle del Mar.



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